domingo, 28 de febrero de 2021

Los primeros versos que yo me escribo








Claro que hay noches que me gustaría ser parte de lo oscuro 

y no tener la obligación de caminar por un mundo 

que rezuma rutina, simplicidad y desvergüenza.


Y a veces me pellizco los recuerdos de los que nunca hablo, 

a ver si consigo lloverme un poco. 

Y cuando descubro que no sé romper el llanto, escribo. 

A menudo son líneas fúnebres 

que no iluminarían ningún corazón; 

por eso últimamente desisto 

y acabo llamando a la única persona que si grito 

sabría que lo que necesito es que me traigan semillas de girasol. 

Luego pienso si me merece la pena 

este roído cerebro con el que me visto, 

que aunque lo endiose 

me produce más frustraciones que tesoros. 

Y envidio a las personas 

que encuentran el amor rompiendo margaritas. 


Tú sabes que no. 

Que lo tuyo es pelearte contigo,

soñar con los “y después”, 

ilusionarte cuando cada cierto crepúsculo 

consigues encontrar unas sienes brillantes a las que devorar 

y aburrirte de una primavera 

antes de que florezcan los cerezos. 

Pero entonces todo el mundo besa flores 

y esas noches te gustaría de nuevo 

ser parte de lo oscuro.


Y un día introducen tu caos en sus rutinas, 

te abrazan aceptando que a ti no te gustan los cerezos, 

encajan tu dicotomía en sus vidas 


y no te da miedo que te diga te quiero alguien 

que no seas tú misma. 

Y piensas que has escrito muchos poemas 

pero que nunca te has dedicado a ti uno 

y entonces, por un instante, lo entiendes.


La vida es rodearte de voces que te animen a dedicarte tus propios versos. Y yo al fin me siento viva.




sábado, 30 de enero de 2021

Anagnórisis

Miguel Hernández

Miguel Hernández 




 “Eres así. A veces tendrías que aceptarte un poco.
 Nunca has vivido cómoda porque tú no eres un sitio donde sea fácil el ser.
 Pero cuando eres, es el mejor sitio del mundo; 
y cuando el alguien lo vive ya siempre quiere sentir eso pero entonces tú sola,entonces tú corres. 
No te culpes tanto.”


Claro que salir de la esquina 

me hizo devorar con ansias 

muchos pasados que me besaron diciendo 

“¿por qué no has llegado antes?”

Y la realidad es que suelo compartirme 

con la única persona que me castiga 

y esas noches lloro 

y últimamente nadie entiende lo que escribo 

y me lo gritan 

y a veces hasta hay suspiros en pena. 

Y yo esperando a que vengan 

a decirme que por lo menos escribo. 


Las temporadas de sequía consigo creerme que he encontrado el timón de mi vida 

o que no me importa ya estar navegando a la deriva. 

Allí en el fondo está mucha gente a la que he hundido.

Hoy por ejemplo hace catorce estrellas 

que no llamo a mi Rea, 

setecientas lluvias que me acurruco con mis dudas 

y una vida desde que me siento sola.


Las piernas me piden que pare 

y el cerebro que deje de usarle 

como vía de emergencias 

y las vísceras me alertan 

de que mi boca no está muerta 

pero prefiero silencio.

Y busco una calle 

donde nunca tenga que explicar lo que pienso 

y me toman por monstruo 

y me acuerdo de él, de mí; 

y me odio porque nos parecemos, 

me repudio porque tenía razón,

porque aún la tiene.

Y me prefiero sola.


Me pavoneo con el vestido soledad 

que tiene por capa a los cadáveres que me cargo.

Ellos reclaman al yo que les he presentado

atestiguan que diferente en cada uno 

porque ninguno coincide 

y tendrán razón porque ni siquiera me reconozco 

en una de esas máscaras de las que me sueñan.

Prefiero vivir a margen del ruido.


Toda la vida encontrándome sola en cualquier parte 

por no querer reconocer que en realidad 

lo que me siento es incomprendida.






martes, 26 de enero de 2021

Negro

Paso los días escuchando gritar a pájaros a los que les pesa lo superfluo. 

A veces me pregunto que dónde llevo yo toda la vida volando si mi cielo no es el suyo. 


Claro que consuelo su piar y a veces incluso  he querido ser lo que suenan, a veces incluso he conseguido sonar como parecen, pero entonces ya no estoy yo,y vuelven mis conflictivos yo a enfrentarse conmigo porque resulta que hoy quiero ser más que lo que fui ayer porque la realidad es que no me siento nadie. 


Y arrastro esa soberbia con la que me calzo devorando libros porque un día me obsesiono con desmaquillar a las mujeres que tienen la cara llena de manchas de vino y acabo llorando porque no sé cómo hacerlo todavía. 


Intento de nuevo adentrarme en las mayorías y les hablo de lo que habrá por encima de los árboles pero me responden que solo aspiran a crear un nido. 

Y yo no sé cómo juntar ramas y ni siquiera busco con quién unirlas y me paso los meses pensando en un niño que se conforme con un caramelo de los cien niños que ya teniéndolo están berreando por una piruleta. 

Y me sumerjo en la locura hasta encontrar un caramelo, con el miedo a que mi niño se haya muerto cuando yo le consiga su premio. Y se muere, entonces lloro. He perdido. A veces pasa. 


Después le pido a mi monstruo un tiempo para dibujarme otra fachada 

y como tengo que aparentar que no estoy loca, a veces me invento que te echo de menos o que me produce amor algo y así se les pasa. 

O me río y así no escribo. O no camuflo y así siento que encajo.

Pero me rumian las sienes y me obsesiono con un verso y es que entonces es lo único que puede pararme el llanto y cuando no lo encuentro, lo escribo y esas noches, al fin, duermo. Por eso es que llevo mucho tiempo con insomnio. 


Las lunas me las paso bebiéndome las lágrimas que me han hablado ese día y llegas tú y me dices que por qué nunca escupo y me callo porque se me ha olvidado. Y pienso en el hombre que siente calor entre unos cartones y en vez de explicarlo digo que es porque no lo necesito. 


No lo entienden. Hay cosas más importantes. 


Me abrazáis, me decís que no sé vivir 

y os miento diciendo que os voy a hacer caso porque lo pronuncio pensando en sumergirme en un nuevo texto 

que me dé ganas de cambiar un mundo del que no me siento parte. 

Pero pienso en la mujer, en el niño y en el hombre y siento que se lo debo 

y de repente se me pasa.

Y esta mañana perdí pero ahora puedo. 

A veces pasa.




miércoles, 25 de noviembre de 2020

Lápidas

Yo conozco a muchas mujeres muertas. 

Coinciden con las vivas en que ambas creen estarlo mientras arrastran sus golpes a través de los días. 


Yo he visto a muchas mujeres muertas. La mitad no lo sabían. 

La que abandona las tintas porque creció mientras la llamaban inútil. 

La que acaricia a sus tres corderos una noche y tarda dos lunas más en poder sentirlos 

porque tiene que intercambiar carne por monedas. 

La que tiene la cara con manchas de vino porque saciaron la embriaguez con ella. 

La que dialoga durante horas frente a las pantallas y no recibe lo que el resto.


Yo he hablado con muchas mujeres muertas. 

La que lleva media vida sentada en el miso portal mendigando un beso. 

La que sigue tras las mismas rejas porque la hicieron creer que debía pagar con amor su penitencia. 

La que se tatúa escupitajos por si en medio le susurran un te quiero. 

La que odió a otra porque suponía competencia que las dos llevasen la misma tiara. 

Entonces yo alguna vez también he estado muerta.

La que se cree libre porque dice que al menos no está entre fregonas. 

Entonces lloro porque estas son las más muertas. 


Y es que yo he llorado por muchas mujeres muerta. 

Por las que alguien rechazó por no tener una perla entre las piernas.

Y por las que perdieron un seno en mitad de una batalla. 

Por las que creían que estar encerradas en un castillo era el precio para encontrar un príncipe. 

Por las que obligaron a usar el rosa. 

Por las que tienen las sienes ensangrentadas y sus huesos le aúllan culpa. 

Por las que han tenido que dejar solas a sus sombras. 

Por esas sombras que crecen sin lecho. 


Por todas las que están calladas, grito.

Por las que no volvieron, salgo.  

Por las que no creen tener alas, demuestro que vuelo. 

Para que no se vayan más, escribo. 


 Fotografía: Juanma Morales Álvarez 

Cuenta de fotografía: jmsshtngtravel // https://instagram.com/jmsshtngtravel?igshid=1pirmw2ng80c1


domingo, 11 de octubre de 2020

El pestillo

Desde que le di un muerdo a esa puerta de madera y ando deambulando con tutúes rosas y nubes de algodón le he perdido el miedo a la muerte.

Paso las mañanas desayunando letras y nunca estoy llena, pero al menos ya no estoy vacía.

Y sustituyo mis tintas por perderme entre pestañas y raíles.

Y a veces ni siquiera necesito escribir porque al fin soy yo la que vive de mi poesía.


Me llevo flores los días en los que recuerdo mi funeral. Ni me sale llorar. 

Me limitaba a buscar una cama donde me arropasen sin darme calor, no me fuese agobiar. De repente todo fluye aquí. Y me besan a mis fantasmas y me acarician las tempestades que surgen de los y si. Y a veces tengo miedo pero me dejo llevar. Y apunto a ganar. 


Lo siento pero no pido perdón. Intento ubicar qué echo de menos pero todo está en su lugar. Y tirito cuando me acerco a la puerta porque no me atrevo a mirar, quedan cadáveres allí. No extraño nada, no me sé disculpar.


Claro que conozco las estrellas que me faltan en el cielo de esta ciudad. No son muchas pero las quiero abrazar las mismas noches que ebria rezo a quien fui. A la calavera triste de detrás de la puerta. A los ojitos que habían perdido las ganas de vivir. Menos mal que nunca las de soñar. 

A esas estrellas que me agitaron cuando solo veía pesadillas, seguís aquí.

Aunque ella ya no esté detrás de la puerta porque yo le he perdido el miedo a morir.

Porque ella ha estado mucho tiempo muerta y yo ahora estoy aprendiendo a vivir. 






domingo, 9 de agosto de 2020

La esquina

Te aseguro que lo intento, lo he intentado.

He roído cada cerebro que se me ha presentado en la vida y he tratado de hacer tinta con sienes mediocres y lloraba cuando solo revolvía las tripas de los furtivos enamorados trimestrales y no conciencias que pusieran en marcha planes para llenar estómagos.


El resultado es esta profunda ira con la que me paseo altanera en las bienvenidas. Y cuando me despido. O cuando sienten un desprecio tal por mi persona que embisten lejos. Esas veces, mi niña, me río. Y recuerdo el rincón. El aluvión de injurias que regalaron en cada Epifanía y la mirada pueril con las cuencas negras hasta lo que hoy son unos tacones. Y las ansias por salir a la fuerza del rincón. Sin que nadie te levante porque quiero recordar que mi niña desprecia vuestra ayuda. En busca de las fuerzas porque mi niña siente que no habla. Aunque habla. 

Y ahora que yo ya no hablo porque no siento que me entiendan. 


Y te recuerdo dándote cabezazos para romper ese hormigón y en medio de las derrotas peinándote para que alguien no te pensara rara, por si alguien venía con intención de repetirte lo cómodo que se vive en una esquina y te habla de la suya y del amor y del trabajo y de la Administración; que dice que para él la injusticia es que le cierren los parques y tú, con tu diletante tú, te pones a llorar por la cantidad de pies que no han pisado un parque. Y por los labios sedientos que no saben qué se siente al abrir un grifo y poder beber. Y por las vísceras que aúllan y nadie escucha porque los rugidos de las bestias son tan estrepitosos que enmudecen a los intestinos. 

Entonces tú le gritas que qué es el miedo y te despeinas, y que qué es el miedo y le sollozas, y vuelves a reventar paredes porque nadie se atreve a responderte. O al menos nadie te sacia con su respuesta. 


Si pudiera decirte algo, mi niña, a mi pasado, que es tu presente; te diría que lo intento, te aseguro que lo he intentado. Trataría de explicarte el conflicto homérico que me nace entre mi soberbio desprecio al entorno y la tristeza que me supone repudiar al mismo. Pero de nada serviría. Mi único avance es haberle puesto nombre a lo que padecemos desde el parto y eso te decepcionaría. Me decepciona.

Así que si tuviese la oportunidad de decirle algo a mi niña del pasado, la abrazaría. Y le besaría las heridas de los cabezazos. Y me sentaría en el rincón con ella.

Porque lo más corrosivo que me ha pasado en la vida

es que aún sigo soñando con lo que habrá detrás de la esquina.


domingo, 19 de julio de 2020

La lista de mis miedos

Si tuviese que hacer una lista de mis miedo la titularía: “los días que necesito escribir”.
Son el producto de haber recorrido demasiadas veces las mismas aceras y aún así tener más ganas de andar que de detenerme.
Aunque en el fondo me urja parar y ni siquiera encuentre motivos para seguir merodeando por mi sendero presente.
Fantaseo entonces con un futuro idílico y trato de buscar folios en los que alguien haya escrito lo que yo aún no me atrevo y liberar así la angustia que me ha cobrado el diablo por regalarle mi silencio.

Continuaría la sucesión de pánicos introduciendo a las personas que me dan ganas de escribir.
Quizá la adrenalina que existe en unos versos es que quiera llegar a besarlos aquel a quien se los dedicas. Por eso disfruto alejándome cuando ya he visto demasiado y prefiero relamerme los dedos antes que comer dos veces del mismo plato. Y entonces me señalan, me tachan de cruel, de insensata, de frívola y mi yo soberbia confunde las injurias con la habitual crisálida de sandeces verbales de la mayoría en la que me veo obligada a estar inmersa y acabo dormida en un rincón en el que las voces de repente son una nana y no me pide el ser nada más que sobrevivir.

Claro que me aterra la idea de que confluya un día que necesite escribir con la llegada de alguien que me dé ganas de hacerlo y mi afán por procrastinar mi vida haga que arrugue los folios y me repita que no es mi sitio. Y callo, autócrata,el dolor del desarraigo, soñando con lugares donde deje aflorar mis silencios y donde los muertos ya no me pesen más que los vivos. Y últimamente dudo de que mi sitio sea el que siempre he anhelado y acabo con un nudo en el tallo del que me apetece tirar y acabar con mis pétalos.

Y llegas tú en medio de mi tumulto de prioridades que no son más que un castillo de temores y yo te escupo y de pronto sentiré el llanto. Pero yo nunca lloro. Y me admiras y yo nunca lloro.
Digo que no necesito nada porque en realidad nunca sé qué necesito y que no quiero a nadie porque en realidad nunca sé qué quiero. Ni si quiero. Ni si alguna vez he querido.
Claro que podría atreverme a hacer versos que explicasen lo que son mis mariposas:
“Para mí el amor es tener a alguien con quien llorar a gusto de tal manera que hacerlo solo se convierta en un dolor insoportable”.
Pero todos los días en los que alguien me ha preguntado si quería llorar, yo he respondido siempre que solo era un día en el que necesitaba escribir.