Si tuviese que hacer una lista de mis miedo la titularía: “los días que necesito escribir”.
Son el producto de haber recorrido demasiadas veces las mismas aceras y aún así tener más ganas de andar que de detenerme.
Aunque en el fondo me urja parar y ni siquiera encuentre motivos para seguir merodeando por mi sendero presente.
Fantaseo entonces con un futuro idílico y trato de buscar folios en los que alguien haya escrito lo que yo aún no me atrevo y liberar así la angustia que me ha cobrado el diablo por regalarle mi silencio.
Continuaría la sucesión de pánicos introduciendo a las personas que me dan ganas de escribir.
Quizá la adrenalina que existe en unos versos es que quiera llegar a besarlos aquel a quien se los dedicas. Por eso disfruto alejándome cuando ya he visto demasiado y prefiero relamerme los dedos antes que comer dos veces del mismo plato. Y entonces me señalan, me tachan de cruel, de insensata, de frívola y mi yo soberbia confunde las injurias con la habitual crisálida de sandeces verbales de la mayoría en la que me veo obligada a estar inmersa y acabo dormida en un rincón en el que las voces de repente son una nana y no me pide el ser nada más que sobrevivir.
Claro que me aterra la idea de que confluya un día que necesite escribir con la llegada de alguien que me dé ganas de hacerlo y mi afán por procrastinar mi vida haga que arrugue los folios y me repita que no es mi sitio. Y callo, autócrata,el dolor del desarraigo, soñando con lugares donde deje aflorar mis silencios y donde los muertos ya no me pesen más que los vivos. Y últimamente dudo de que mi sitio sea el que siempre he anhelado y acabo con un nudo en el tallo del que me apetece tirar y acabar con mis pétalos.
Y llegas tú en medio de mi tumulto de prioridades que no son más que un castillo de temores y yo te escupo y de pronto sentiré el llanto. Pero yo nunca lloro. Y me admiras y yo nunca lloro.
Digo que no necesito nada porque en realidad nunca sé qué necesito y que no quiero a nadie porque en realidad nunca sé qué quiero. Ni si quiero. Ni si alguna vez he querido.
Claro que podría atreverme a hacer versos que explicasen lo que son mis mariposas:
“Para mí el amor es tener a alguien con quien llorar a gusto de tal manera que hacerlo solo se convierta en un dolor insoportable”.
Pero todos los días en los que alguien me ha preguntado si quería llorar, yo he respondido siempre que solo era un día en el que necesitaba escribir.


domingo, 19 de julio de 2020
domingo, 24 de mayo de 2020
En tierra de nadie
Cuando la gente se apedrea y la otra gente busca al culpable del inicio de la batalla
y la distinguida gente critica a los tiradores
y aún queda gente que apela a la calma,
yo pienso en las piedras.
Dibujo entonces en mi hemisferio
la trayectoria que las inertes siguen hasta chocar con otro hierático.
Porque apenas encuentro diferencias entre los que lanzan y son lanzados con aquello que arrojan.
Las decoro con un mensaje que se aleje del odio
y que no se esfuerce por gritar sino por creer que aún quedan muchas cosas por decir.
A veces soy un poco piedra en mitad de un tumulto
que busca auxilio sin reconocer sus propios pecados.
A veces me roe la indiferencia
y solo quiero seguir una línea
que no me encasille en ningún lugar donde debiera estar.
Es el precio para aquellos que andan por una patria ajena a sus recuerdos
y ni siquiera anhelan un espacio en el que se encuentren.
Solo prefieren movimiento.
Entonces me amarro a la idea de ser neurótica casi por obligación
y de depositar todos mis esfuerzos en tratar de organizar
la consecución de ideas que vuelan tenues rincón no polarizado de mi memoria.
Al final acaban tirándome de un balcón a otro con intención de ver sangre
y yo solo me imagino futuros en los que ya no estamos.
Porque ya no nos lo merecemos.
El mundo funciona porque los que lloran mirando a su ombligo creyéndole centro del Universo
son consolados por aquellos que han olvidado que ellos también tienen uno.
Y yo solo espero a quien sin dejar de besar el suyo crea que la concordia está en cuidar del mío.
domingo, 3 de mayo de 2020
Rea
No
sé decir te quiero.
Me
pesa cuando sé que es justo lo que te salvaría,
cuando
quizá ni siquiera te percatas de que es justo lo necesitas,
cuando
sientes que tú no te quieres y no puedo gritártelo;
cuando
tú me lo demuestras amando mi desorden,
abrazándome cuando he vuelto a
destrozar todo y me quiero hacer la impasible, perdonándome aquello por lo que
todos me juzgan.
No
sé pedir ayuda.
Sé que te preocupa porque has pasado noches en vela
buscando la manera de auxiliarme sin que me sienta débil porque lo hagas.
buscando la manera de auxiliarme sin que me sienta débil porque lo hagas.
Has
pasado insomnios planeando cómo contactar con mis pupilas fugitivas,
intentando
hacerme amar mi presente para que aleje de mí mis idílicas premoniciones y
empiece a perdonarme por mi pasado.
Has
combatido en la oscuridad contra mis fiebres pueriles,
has
escuchado que gritaba con la boca cerrada,
me
has protegido cuando has creído que no era el camino.
Aunque
yo pensase que sí lo era.
Y
al final nunca terminaba siéndolo.
No
sé controlar mis formas.
Y
te acercas con unas vísceras que han vivido demasiado y no presumen por ello;
ni me dan lecciones; ni me culpan; solo se sientan.
Sabes
entender mi tempestad cuando ni yo comprendo en qué momento estoy a punto de
explotar y es que de repente exploto.
Entonces
estás.
Entonces
calma.
No
sé compartir la vida con alguien.
A
veces ni siquiera sé convivir conmigo.
Pero
eres la única alma que sabe abrazar mis fantasmas.
Comprender
mi idolatría a la soledad,
mis
días en los que no me apetece escucharme,
y
aquellos en los que echo de menos que alguien lo haga.
Ojalá
supiese aprender.
Así
como tú has aprendido que te podasen una rosa, no te hacía menos mujer.
Así
como tú has aprendido a besarte las heridas cuando más rota estabas.
Así
como tú has aprendido a quererte cuando más sola te dejaron.
Así
como tú has aprendido que se puede llorar y no por ello no ser fuerte,
que se puede luchar y no por ello tener que ganar siempre;
que se puede perder y no tener la culpa de tus fracasos.
Y
aprender de lo roto, de lo perdido, de lo que se te ha ido.
Así
como tú has sabido sacarme a flote aun estando tú hundida,
a aceptar mis faltas
de apego, mis desprecios ante tus preocupaciones.
Así como tú has aprendido a ver la muerte como parte de la vida
y con ello me has enseñado a vivir.
No
sé decir un te quiero que pueda expresarte
lo que sé que he aprendido a
escribir.
domingo, 19 de abril de 2020
Indígena
Probablemente tache los primeros versos y arrugue el folio
alejándolo de cualquier lugar en el que esté yo.
Dejándolo a medias.
No me sorprende porque sigo el mismo proceso con las personas
y busco, busca, mi vermiforme yo, hacerlo incluso con los actos.
Es el guión que se ciñe al oleaje de mis sentimientos.
Para evitar reproches adelanto que nunca va a ser mi momento
y que nunca va a ser mi persona;
dejadme entonces arrugarme como ese folio
en cualquier rincón en el que sea imposible imaginar que existo.
Así no existo.
O al menos para el resto, y así respiro.
Porque no hay insistencias por indagar en qué me acoraza,
porque no hay arrebatos buscando entenderme
y yo tratando de elegir una nueva excusa que les sirva
como la dosis explicativa que necesitan.
Lo cierto es que consiste en dar una pizca a esos buitres que desean acabar conmigo,
esos a los que sarcásticamente tengo que dar las gracias:
esfuerzos por que deje de ser yo cuando ni siquiera yo pienso que aún queda algo de mí conmigo;
en dar los trucos para su cura a los huecos y acorazados intentando hacerles sentirse identificados,
aún sin yo tener reflejo;
a los intermitentes que creen haber conocido las claves de mis mareas,
a los que me necesitan demasiado, a los que solo lo hacen cuando nadie les necesita a ellos.
En medio de este barullo abrumador a mis pálidas ganas de ser,
me siento en cualquier esquina lo suficientemente olvidada como para no caer en el mayor de los pecados; el pasado.
Intento corregir mi impaciencia ante el presente y planear cómo dejarme envolver por la cotidianidad humana antes de ser devorada por ella.
Claro que siempre acabo dejándolo culpando a la pereza, a mis fantasmas o a mi desilusión cuando descubro que lo que me parecía relucir diferente al resto no era sino otro pedrusco.
Porque eso es lo único con lo que me he tropezado, un tumulto de pedruscos creyendo que eran increíbles minerales y no sois más que otra pieza moldeada para encajar sin dar problemas en esa enorme muralla que pisotean los poderosos.
Probablemente mi soberbia agonía te haya producido arcadas llegado a este punto
y quieras parar de leer tanta falta de humanidad justamente ahora.
Adelante.
Entonces lo habré conseguido de nuevo.
Dejarlo a medias para quedarme a solas.
alejándolo de cualquier lugar en el que esté yo.
Dejándolo a medias.
No me sorprende porque sigo el mismo proceso con las personas
y busco, busca, mi vermiforme yo, hacerlo incluso con los actos.
Es el guión que se ciñe al oleaje de mis sentimientos.
Para evitar reproches adelanto que nunca va a ser mi momento
y que nunca va a ser mi persona;
dejadme entonces arrugarme como ese folio
en cualquier rincón en el que sea imposible imaginar que existo.
Así no existo.
O al menos para el resto, y así respiro.
Porque no hay insistencias por indagar en qué me acoraza,
porque no hay arrebatos buscando entenderme
y yo tratando de elegir una nueva excusa que les sirva
como la dosis explicativa que necesitan.
Lo cierto es que consiste en dar una pizca a esos buitres que desean acabar conmigo,
esos a los que sarcásticamente tengo que dar las gracias:
esfuerzos por que deje de ser yo cuando ni siquiera yo pienso que aún queda algo de mí conmigo;
en dar los trucos para su cura a los huecos y acorazados intentando hacerles sentirse identificados,
aún sin yo tener reflejo;
a los intermitentes que creen haber conocido las claves de mis mareas,
a los que me necesitan demasiado, a los que solo lo hacen cuando nadie les necesita a ellos.
En medio de este barullo abrumador a mis pálidas ganas de ser,
me siento en cualquier esquina lo suficientemente olvidada como para no caer en el mayor de los pecados; el pasado.
Intento corregir mi impaciencia ante el presente y planear cómo dejarme envolver por la cotidianidad humana antes de ser devorada por ella.
Claro que siempre acabo dejándolo culpando a la pereza, a mis fantasmas o a mi desilusión cuando descubro que lo que me parecía relucir diferente al resto no era sino otro pedrusco.
Porque eso es lo único con lo que me he tropezado, un tumulto de pedruscos creyendo que eran increíbles minerales y no sois más que otra pieza moldeada para encajar sin dar problemas en esa enorme muralla que pisotean los poderosos.
Probablemente mi soberbia agonía te haya producido arcadas llegado a este punto
y quieras parar de leer tanta falta de humanidad justamente ahora.
Adelante.
Entonces lo habré conseguido de nuevo.
Dejarlo a medias para quedarme a solas.
viernes, 27 de marzo de 2020
Rejas
Presupongo mi neurosis como una línea paralela a la monotonía.
Me consta lo raudo que avanzan ambas últimamente, sobre todo desde que me mantengo viva en una celda.
Desde aquí dentro todo ha adquirido un tono cada vez más monocromo y decoro el paso del tiempo con un análisis de recuerdos y estados hipotéticos confluentes que acaban en resaca nocturna, que junto al insomnio y a la ansiedad, tiene como principal síntoma la culpabilidad y el anhelo del pasado.
Observo los gritos de todos los analistas que ansían volver al sitio donde estaban.Sus cuencas negras bajo los luceros, lo rápido que se han evaporado esas primeras risas que les producían todos aquellos que consideraban imprescindibles al inicio de esta condena.
A veces me asomo a la ventana, pero duro pocos segundos. Siempre lo califico como posarme enfrente de un escenario en el que paradójicamente un tumulto de cadáveres salen a que les recuerden que están vivos.
Duro pocos instantes porque la simplicidad siempre ha infundado en mí un sentimiento de tristeza.
Les compadezco.
Algunos llevan demasiadas noches viviendo solos consigo mismos y han empezado a entender por qué hay tanta gente que les odia. Son los mismos que extrañan a unos títeres que les hagan sentir parte de algún sitio.
También están los espejos asesinos. Los que se atreven a someterse a juicio todos los días frente a ellos ya han recortado masa, ya han apagado los focos por no verse relucir las mejillas, las zonas demasiado lisas, las zonas no lo suficientemente voluptuosas.
Conozco a su vez, cientos de peces burbujeando vacío. Intentando creer que son felices ahora que no pueden huir de lo que les rodea, asimilando que estaban tan ocupados en la vida que se les había olvidado el vivir. Conozco millones de becerros que luchan con otras manadas por defender su verdad, protagonizando ese borreguismo social que tanto me abruma.
Pero sobre todo me asustan las mentes ociosas. Son capaces de albergar al demonio en sí y a menudo el cansancio comete más crímenes que la malicia. Es el precio que tiene vivir sumergido en la ignorancia que te propician unas pantallas, unas piernas bonitas que solo te sacian un fin de semana.
He dicho que he oído muchos gritos.
Yo también gritaría si descubriese que solo queda dependencia donde firmé amor, que existe el amor de tu vida pero cambiaste de vida, que puedes necesitar y ya no querer.
He oído en la última quincena demasiados gritos.
Pero si tuviese que abrazar a alguien en medio de esta agonía, elegiría a los que aún estando solos, no echan de menos a nadie.
Porque esos ya no gritan.
Porque esos ya no sienten.
Me consta lo raudo que avanzan ambas últimamente, sobre todo desde que me mantengo viva en una celda.
Desde aquí dentro todo ha adquirido un tono cada vez más monocromo y decoro el paso del tiempo con un análisis de recuerdos y estados hipotéticos confluentes que acaban en resaca nocturna, que junto al insomnio y a la ansiedad, tiene como principal síntoma la culpabilidad y el anhelo del pasado.
Observo los gritos de todos los analistas que ansían volver al sitio donde estaban.Sus cuencas negras bajo los luceros, lo rápido que se han evaporado esas primeras risas que les producían todos aquellos que consideraban imprescindibles al inicio de esta condena.
A veces me asomo a la ventana, pero duro pocos segundos. Siempre lo califico como posarme enfrente de un escenario en el que paradójicamente un tumulto de cadáveres salen a que les recuerden que están vivos.
Duro pocos instantes porque la simplicidad siempre ha infundado en mí un sentimiento de tristeza.
Les compadezco.
Algunos llevan demasiadas noches viviendo solos consigo mismos y han empezado a entender por qué hay tanta gente que les odia. Son los mismos que extrañan a unos títeres que les hagan sentir parte de algún sitio.
También están los espejos asesinos. Los que se atreven a someterse a juicio todos los días frente a ellos ya han recortado masa, ya han apagado los focos por no verse relucir las mejillas, las zonas demasiado lisas, las zonas no lo suficientemente voluptuosas.
Conozco a su vez, cientos de peces burbujeando vacío. Intentando creer que son felices ahora que no pueden huir de lo que les rodea, asimilando que estaban tan ocupados en la vida que se les había olvidado el vivir. Conozco millones de becerros que luchan con otras manadas por defender su verdad, protagonizando ese borreguismo social que tanto me abruma.
Pero sobre todo me asustan las mentes ociosas. Son capaces de albergar al demonio en sí y a menudo el cansancio comete más crímenes que la malicia. Es el precio que tiene vivir sumergido en la ignorancia que te propician unas pantallas, unas piernas bonitas que solo te sacian un fin de semana.
He dicho que he oído muchos gritos.
Yo también gritaría si descubriese que solo queda dependencia donde firmé amor, que existe el amor de tu vida pero cambiaste de vida, que puedes necesitar y ya no querer.
He oído en la última quincena demasiados gritos.
Pero si tuviese que abrazar a alguien en medio de esta agonía, elegiría a los que aún estando solos, no echan de menos a nadie.
Porque esos ya no gritan.
Porque esos ya no sienten.
domingo, 15 de marzo de 2020
Tránsito
Escupo con descaro advertencias que alarmen a cualquiera
que se acerque de que yo solo estoy de paso.
Y divido a la audiencia entre los que creen que puede conseguir que permanezca
y aquellos que se desvanecen ante semejante grosería.
Solo sé que ambos bandos acaban por odiarme.
Algunos lo toman como pretexto
para no tener que asumir que no han sido capaces de domarme.
Y otros simplemente se aferran a la idea de que durante algunas tardes
me quedé a observar con ellos el atardecer y que eso ya les hace especiales.
Aunque ellos no mirasen la puesta de sol.
Ni yo les mirase a ellos.
Identifico de lejos a las polillas que ansían un racimo de luz
y me divierto apagando mis ganas justo cuando las suyas efervescen.
Por eso me tachan de frívola.
Claro que siempre lo soluciono desencadenando un sinfín de versos
que creen que les he dedicado y no eran más que
una parte de la función en la que son los títeres.
Y las risas decoran mi hastío.
No hablo de vacíos, de interiores huecos unidos
a pasados sangrientos y espinas clavadas, sino de cansancio.
De aislamiento ante vuestra idílica fachada construida forzosamente
con tal de encontrar unas palmas en las que podáis entrelazar vuestras yemas.
No estoy viva para eso.
Por eso siempre me marcho, por eso nunca soy lo que esperas.
Incluso cuando me llevas mucho buscando.
Incluso cuando crees que llevo mucho quieta.
No es aquí tampoco, por eso me marcho.
Y ahí es cuando empiezan a odiarme todos a los que un día dije que quería.
Cuando derraman furia sobre las cenizas de nuestra hoguera fundida.
Pero cualquiera debería saber que quien juega con fuego
corre el riesgo de acabar abrazado a un clavo ardiendo.
Y normalmente no te duelen las quemaduras hasta que se apagan las chispas.
que se acerque de que yo solo estoy de paso.
Y divido a la audiencia entre los que creen que puede conseguir que permanezca
y aquellos que se desvanecen ante semejante grosería.
Solo sé que ambos bandos acaban por odiarme.
Algunos lo toman como pretexto
para no tener que asumir que no han sido capaces de domarme.
Y otros simplemente se aferran a la idea de que durante algunas tardes
me quedé a observar con ellos el atardecer y que eso ya les hace especiales.
Aunque ellos no mirasen la puesta de sol.
Ni yo les mirase a ellos.
Identifico de lejos a las polillas que ansían un racimo de luz
y me divierto apagando mis ganas justo cuando las suyas efervescen.
Por eso me tachan de frívola.
Claro que siempre lo soluciono desencadenando un sinfín de versos
que creen que les he dedicado y no eran más que
una parte de la función en la que son los títeres.
Y las risas decoran mi hastío.
No hablo de vacíos, de interiores huecos unidos
a pasados sangrientos y espinas clavadas, sino de cansancio.
De aislamiento ante vuestra idílica fachada construida forzosamente
con tal de encontrar unas palmas en las que podáis entrelazar vuestras yemas.
No estoy viva para eso.
Por eso siempre me marcho, por eso nunca soy lo que esperas.
Incluso cuando me llevas mucho buscando.
Incluso cuando crees que llevo mucho quieta.
No es aquí tampoco, por eso me marcho.
Y ahí es cuando empiezan a odiarme todos a los que un día dije que quería.
Cuando derraman furia sobre las cenizas de nuestra hoguera fundida.
Pero cualquiera debería saber que quien juega con fuego
corre el riesgo de acabar abrazado a un clavo ardiendo.
Y normalmente no te duelen las quemaduras hasta que se apagan las chispas.
domingo, 8 de marzo de 2020
Aunque ya no están
Ha perdido la cuenta de las noches que tiene en deuda con la luna.
Es una forma de pagar su condena.
Acariciándose el vientre, se cuestiona el sí.
Quizá si la hubiese dejado vivir menos no estaría ahora muerta.
Pero una vida presa del miedo es el camino hacia la tumba.
Así que optó por carmín.
Por creer que eran sabios todos los que la vanangloriaron por sus senos antes que por sus sesos y pasó su infancia compitiendo porque algún Paris le diese la manzana.
Sin saber que cuando fuese el momento de morderla la nombrarían reina del pecado.
Quizá si le hubiese dicho que no, no le quedarían solo memorias de taconeo.
De calles vacías impregnadas por la fragancia del miedo. De ojalá y tenga suerte. De no volver sola, de dormir tranquila, de ten cuidado vida mía no vayas a ser la próxima. Y lo sería.
De su rojo de carmín inundando un cuerpo, de descampados cementerios de vírgenes, de silencios.
Aunque hubiese gritado. Aunque hubiese peleado. Aunque hubiese quedado viva.
Tampoco la habría creído.
Y le llora la cara otra noche más por haberle dicho a su pequeña sí, aún sabiendo que nadie le escucharía su no.
Y le tamborea la conciencia un tranquila mamá. Y se achucha su tripa, como si fuese un legado, como si quisiera sacarse sus vísceras, como si supiese un por qué si había vivido poco, un por qué si ya se habían ido demasiadas.
Y apoya su alma junto a la ventana por si alguna madrugada se la traen de entre las calaveras,para decirle que nunca se encontró con ningún monstruo. Y se tortura la que le dio la vida por no poder devolvérsela.
Y decide recorrer esa calle. La del taconeo, la de las súplicas sin respuestas, la de la resistencia al intrépido vuelo descendente de su falda. A recorrerla honrado su memoria, sus alas, sus sueños, su pequeña.
Porque si el aleteo de una mariposa puede originar un tornado, cómo un cadáver no iba a desembocar la revolución.
Es una forma de pagar su condena.
Acariciándose el vientre, se cuestiona el sí.
Quizá si la hubiese dejado vivir menos no estaría ahora muerta.
Pero una vida presa del miedo es el camino hacia la tumba.
Así que optó por carmín.
Por creer que eran sabios todos los que la vanangloriaron por sus senos antes que por sus sesos y pasó su infancia compitiendo porque algún Paris le diese la manzana.
Sin saber que cuando fuese el momento de morderla la nombrarían reina del pecado.
Quizá si le hubiese dicho que no, no le quedarían solo memorias de taconeo.
De calles vacías impregnadas por la fragancia del miedo. De ojalá y tenga suerte. De no volver sola, de dormir tranquila, de ten cuidado vida mía no vayas a ser la próxima. Y lo sería.
De su rojo de carmín inundando un cuerpo, de descampados cementerios de vírgenes, de silencios.
Aunque hubiese gritado. Aunque hubiese peleado. Aunque hubiese quedado viva.
Tampoco la habría creído.
Y le llora la cara otra noche más por haberle dicho a su pequeña sí, aún sabiendo que nadie le escucharía su no.
Y le tamborea la conciencia un tranquila mamá. Y se achucha su tripa, como si fuese un legado, como si quisiera sacarse sus vísceras, como si supiese un por qué si había vivido poco, un por qué si ya se habían ido demasiadas.
Y apoya su alma junto a la ventana por si alguna madrugada se la traen de entre las calaveras,para decirle que nunca se encontró con ningún monstruo. Y se tortura la que le dio la vida por no poder devolvérsela.
Y decide recorrer esa calle. La del taconeo, la de las súplicas sin respuestas, la de la resistencia al intrépido vuelo descendente de su falda. A recorrerla honrado su memoria, sus alas, sus sueños, su pequeña.
Porque si el aleteo de una mariposa puede originar un tornado, cómo un cadáver no iba a desembocar la revolución.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






