A quien lleva toda la vida saltando
para salvarse el alma más que para alegrársela
no puedes hablarle de derrotas.
Supongo que es porque son los mismos
que han perdido la fe
en que haya alguna batalla que te alumbre
esas fúnebres vísceras que lentamente,
unánimes,
palpitan para corroborar la muerte que arrastran.
No hay palpitaciones que marquen miedo
para quien ha vivido siempre en la boca del lobo.
Y menos para quien se hizo adicto a su lengua.
Esos ya no creen en la suerte.
Supongo que cuando llevas toda la vida
bebiéndote a palo seco las lágrimas
que caían cada vez que recordabas
que tenías que volver a levantarte
dejas de creer que el destino
opte por depararte un camino mejor.
Incluso llegas a pensar que te lo mereces.
Incluso llegas a mirar la noche oscura,
y la amas,
porque no hay luces que reflejen en la tierra tu cuerpo opaco.
Entonces piensas que quizás se acabó tu lucha.
Entonces pienso porque os sincera tanto la noche.
Entonces recuerdo porque me provocas insomnio.
Las cuencas negras faciales
no son más que manchones que reflejan que has sido fuerte
y que ayer te lanzaste a pensar en lo que te hizo romperte.
Y es que hay que tener agallas para recordar de dónde venimos.
Aunque las mariposas estén de luto,
aunque los sentimientos estén envueltos en una crisálida,
aunque la vida haya corrido muy deprisa
desde que tratas de seguirle el ritmo
mientras te lames las heridas.
Aunque escueza que no haya cicatrizado, más duele recordar que la piel sigue abierta.
Aunque escueza que no te haya olvidado, más duele recordar que el quererte lo sigo haciendo.
[Amanece.
domingo, 1 de julio de 2018
domingo, 24 de junio de 2018
Polen opaco
Solían cantarme nanas cuando no podía dormir
y quizá sea por eso que ahora soy quien las escribe
cuando me llama el insomnio.
Si me lo producen las ganas de apaciguar mi estrépito pensamiento
me narro en alto que si no te echo en falta es porque realmente nunca te quise.
Y créeme que he gritado más cuando he descubierto que no sé querer
que cuando con tu silencio me clamaste que tú ya no lo hacías.
Intenté concienciarme de que era el momento de asentarme
a las llamas que se prendían cuando me veías
y yo siempre he sido demasiado fría para buscar algo de ardor.
Adoro la sensatez que me produce el saber que camino sola,
saber que estoy perdida me hace pensar que peor sería que estuviese perdiendo.
Y es que aunque nunca sé bien adónde voy, tengo claro adónde no volver.
Derramar latidos por las cuencas en forma de lluvia limpió el paisaje
e hizo ver la imagen que me sugería que el huracán que había arrasado mi vida,
solo era el solsticio que haría que empezase a volar mi falda de nuevo.
Me engañé pensando que amar era sinónimo de jaula,
y desde que no estás y he abierto las plumas
no las utilizo para otra cosa que no sea usar la tinta.
Y eso que odio dedicar versos
porque reflejan entre rimas que a veces he querido.
No me creas.
Nunca he reunido tanta valentía
como para lanzarme a decir amor a alguien que no sea yo.
Pero qué te voy a contar de eso.
No va a sorprenderte.
La diferencia es que tú sigues moviendo el polen de los sentimientos
para depositarlos en otra reserva,
y nunca has conseguido
que se impregnen tanto a tu piel
como para no irte de esos pétalos.
Deja de engañarte.
Yo ya he aprendido que ir de flor en flor
no sirve de nada si nunca has creído en la primavera.
Quizá por eso huimos cuando sentimos que estamos en casa.
Quizá por eso solo nos utilizamos para reconstruirnos.
Siempre he sido de surcar luceros y apagarlos cuando sonrío,
siempre me he creído en la luz y quizá sea por eso que me acerqué a ti,
que siempre has sido oscuridad,
porque solo se ven las estrellas cuando el cielo está ennegrecido.
Por eso te he perdonado que manchases mi camino.
Así que por pésimo que haya sido, gracias por aparecer.
Sin ti no habría visto que soy capaz de brillar sola.
y quizá sea por eso que ahora soy quien las escribe
cuando me llama el insomnio.
Si me lo producen las ganas de apaciguar mi estrépito pensamiento
me narro en alto que si no te echo en falta es porque realmente nunca te quise.
Y créeme que he gritado más cuando he descubierto que no sé querer
que cuando con tu silencio me clamaste que tú ya no lo hacías.
Intenté concienciarme de que era el momento de asentarme
a las llamas que se prendían cuando me veías
y yo siempre he sido demasiado fría para buscar algo de ardor.
Adoro la sensatez que me produce el saber que camino sola,
saber que estoy perdida me hace pensar que peor sería que estuviese perdiendo.
Y es que aunque nunca sé bien adónde voy, tengo claro adónde no volver.
Derramar latidos por las cuencas en forma de lluvia limpió el paisaje
e hizo ver la imagen que me sugería que el huracán que había arrasado mi vida,
solo era el solsticio que haría que empezase a volar mi falda de nuevo.
Me engañé pensando que amar era sinónimo de jaula,
y desde que no estás y he abierto las plumas
no las utilizo para otra cosa que no sea usar la tinta.
Y eso que odio dedicar versos
porque reflejan entre rimas que a veces he querido.
No me creas.
Nunca he reunido tanta valentía
como para lanzarme a decir amor a alguien que no sea yo.
Pero qué te voy a contar de eso.
No va a sorprenderte.
La diferencia es que tú sigues moviendo el polen de los sentimientos
para depositarlos en otra reserva,
y nunca has conseguido
que se impregnen tanto a tu piel
como para no irte de esos pétalos.
Deja de engañarte.
Yo ya he aprendido que ir de flor en flor
no sirve de nada si nunca has creído en la primavera.
Quizá por eso huimos cuando sentimos que estamos en casa.
Quizá por eso solo nos utilizamos para reconstruirnos.
Siempre he sido de surcar luceros y apagarlos cuando sonrío,
siempre me he creído en la luz y quizá sea por eso que me acerqué a ti,
que siempre has sido oscuridad,
porque solo se ven las estrellas cuando el cielo está ennegrecido.
Por eso te he perdonado que manchases mi camino.
Así que por pésimo que haya sido, gracias por aparecer.
Sin ti no habría visto que soy capaz de brillar sola.
domingo, 17 de junio de 2018
Ápate
He vivido entre tinieblas, en fúnebres noches
donde se almacenan los sueños rotos
de lo que quise ser cuando éramos.
He dejado de valorarlo,
¿quiénes éramos ?
Me he forzado a olvidarlo,
quizá lo sepa, pero no quiera recordarlo.
Entonces sé que vives,
y entonces vuelves a desprender luz
y es justo cuando empiezo a pensar
qué va a pasar cuando anochezca.
Me han envuelto siempre frívolas cortinas nubosas
que alejaban lo que llamáis amor de quererte.
Será que he creído que
el amor siempre está más en lo que se calla que en lo que se dice,
más en lo que se besa que en lo que se enseña,
más en cómo miras que en cómo intentas que os miren.
Nunca he querido introducirme en vuestra competición
por mostrar de quién sois cuando os llega la primavera.
He preferido ganaros a todos demostrando que estáis engañados.
Solo somos de nosotros mismos.
Será que no creo que el amor exista
porque a juicio con vuestro concepto
soy yo quien no sabe amar.
Por eso acabáis optando por caminos
con luces efímeras cuyos focos os apunten a vosotros
y no a alguien por quien no os importaría apagaros.
Por eso que yo huyo.
Paso la vida incendiándome el camino,
haciendo saltar las chispas de lo que haga endiosarme
y quemándome las sienes cuando
intentan introducirse en el bucle de la delirante juventud de abeja.
Esa que tan pronto pica, como se aleja.
Huyo porque arrastro la cadena del pasado
con sed futurista,pasando por alto el presente
de quién intenta retenerme para gritarme que no me vaya.
Y es que nunca voy a irme de nadie
porque para eso primero tendría que haberme quedado.
Y a mí me gusta demasiado la noche
como para mirarte a los ojos
en vez de embriagarme de las estrellas.
Estrellas melancólicas, infelices, alejadas de la luz de la vida.
Nunca voy a querer que me quieras porque
no necesito dejar fluir esas mariposas
que acarician el alma para sentirme llena.
Me quedo con que todo lo que hiciste que brillase
te lo he escrito cuanto antes.
No procuro que se entienda.
Volar siempre será bonito para quienes no miréis al suelo.
El día siempre será bonito para quienes no penséis qué va a pasar cuando anochezca.
donde se almacenan los sueños rotos
de lo que quise ser cuando éramos.
He dejado de valorarlo,
¿quiénes éramos ?
Me he forzado a olvidarlo,
quizá lo sepa, pero no quiera recordarlo.
Entonces sé que vives,
y entonces vuelves a desprender luz
y es justo cuando empiezo a pensar
qué va a pasar cuando anochezca.
Me han envuelto siempre frívolas cortinas nubosas
que alejaban lo que llamáis amor de quererte.
Será que he creído que
el amor siempre está más en lo que se calla que en lo que se dice,
más en lo que se besa que en lo que se enseña,
más en cómo miras que en cómo intentas que os miren.
Nunca he querido introducirme en vuestra competición
por mostrar de quién sois cuando os llega la primavera.
He preferido ganaros a todos demostrando que estáis engañados.
Solo somos de nosotros mismos.
Será que no creo que el amor exista
porque a juicio con vuestro concepto
soy yo quien no sabe amar.
Por eso acabáis optando por caminos
con luces efímeras cuyos focos os apunten a vosotros
y no a alguien por quien no os importaría apagaros.
Por eso que yo huyo.
Paso la vida incendiándome el camino,
haciendo saltar las chispas de lo que haga endiosarme
y quemándome las sienes cuando
intentan introducirse en el bucle de la delirante juventud de abeja.
Esa que tan pronto pica, como se aleja.
Huyo porque arrastro la cadena del pasado
con sed futurista,pasando por alto el presente
de quién intenta retenerme para gritarme que no me vaya.
Y es que nunca voy a irme de nadie
porque para eso primero tendría que haberme quedado.
Y a mí me gusta demasiado la noche
como para mirarte a los ojos
en vez de embriagarme de las estrellas.
Estrellas melancólicas, infelices, alejadas de la luz de la vida.
Nunca voy a querer que me quieras porque
no necesito dejar fluir esas mariposas
que acarician el alma para sentirme llena.
Me quedo con que todo lo que hiciste que brillase
te lo he escrito cuanto antes.
No procuro que se entienda.
Volar siempre será bonito para quienes no miréis al suelo.
El día siempre será bonito para quienes no penséis qué va a pasar cuando anochezca.
domingo, 10 de junio de 2018
A mí
Desde que cosí mis vísceras he aprendido amar mis rotos
y que no todos tienen un descosido que les arregle las alevosías
que les ha ocasionado el tiempo.
He aprendido que llenarse de odio solo conlleva a desprenderlo
y que todo lo que sueltas por tu boca afecta a los ojos de las serpientes
que buscan saciar su vacío con las ansias de devorarte.
Te pido perdón por pretender que me quisieras.
Yo siempre he tenido el cerebro en las nubes
y el corazón bajo tierra,
y es que no puedes rogarle amor a quien es de piedra
ni que se deje querer a quien no necesita que le quieran.
Sola he descubierto que la vida son los baches
que nos aseguran que seguimos existiendo.
Y ahora sonrío cada vez que veo moratones
y me creo fuerte cada vez que el destino intenta arrastrarme al camino del pasado.
Ese al que nunca se debe olvidar para no perder tu esencia.
Ese al que nunca se debe regresar para no cambiar tu camino.
Para no buscar respuestas en el mismo lugar donde te planteaste las preguntas.
Y es que amo efímero y vivo rápido,
confío en mis palmas y en mis sienes,
en recordarme que me quise mucho antes de empezar a quererte
y que el amor se consume cuando se queda sin gas el mechero de las ganas.
Me rodeo de tréboles por tener la cabeza en el futuro y sonrío,
mientras cavo el pasado que me hizo ver lo que soy y que me recuerda
que nunca soy yo si pierdo mi esencia.
Veo el miedo como mi mecanismo de defensa y me quiero tanto como me curo.
Cierro puertas, quemo versos,
aprendes a dejar de temer la partida cuando
sabes que te has convertido en nómada de todo aquello
que consiga hacer que te quieras de nuevo.
Dejo de aferrarme a lo que por más que me completó
ahora provoca mi vacío
y le deseo plenitud a esos huecos oscuros que me obligaban a alumbrarles.
Soy un monstruo helado que ni busca amor,
ni ser amado, que ni quiere ni tiene reparo.
Rechazo volver a quien me hizo feliz y a lo que dejé a medias.
Porque con la vida, aprendes,
que si hubieses sido demasiado feliz nunca te habrías marchado,
que si hubieses sido llenado del todo nunca te habrías quedado partido.
Cojo mis esperanzas y apuesto por mí.
Nunca he dejado de quererme, así que soy a la única que no voy a consentir fallarle.
y que no todos tienen un descosido que les arregle las alevosías
que les ha ocasionado el tiempo.
He aprendido que llenarse de odio solo conlleva a desprenderlo
y que todo lo que sueltas por tu boca afecta a los ojos de las serpientes
que buscan saciar su vacío con las ansias de devorarte.
Te pido perdón por pretender que me quisieras.
Yo siempre he tenido el cerebro en las nubes
y el corazón bajo tierra,
y es que no puedes rogarle amor a quien es de piedra
ni que se deje querer a quien no necesita que le quieran.
Sola he descubierto que la vida son los baches
que nos aseguran que seguimos existiendo.
Y ahora sonrío cada vez que veo moratones
y me creo fuerte cada vez que el destino intenta arrastrarme al camino del pasado.
Ese al que nunca se debe olvidar para no perder tu esencia.
Ese al que nunca se debe regresar para no cambiar tu camino.
Para no buscar respuestas en el mismo lugar donde te planteaste las preguntas.
Y es que amo efímero y vivo rápido,
confío en mis palmas y en mis sienes,
en recordarme que me quise mucho antes de empezar a quererte
y que el amor se consume cuando se queda sin gas el mechero de las ganas.
Me rodeo de tréboles por tener la cabeza en el futuro y sonrío,
mientras cavo el pasado que me hizo ver lo que soy y que me recuerda
que nunca soy yo si pierdo mi esencia.
Veo el miedo como mi mecanismo de defensa y me quiero tanto como me curo.
Cierro puertas, quemo versos,
aprendes a dejar de temer la partida cuando
sabes que te has convertido en nómada de todo aquello
que consiga hacer que te quieras de nuevo.
Dejo de aferrarme a lo que por más que me completó
ahora provoca mi vacío
y le deseo plenitud a esos huecos oscuros que me obligaban a alumbrarles.
Soy un monstruo helado que ni busca amor,
ni ser amado, que ni quiere ni tiene reparo.
Rechazo volver a quien me hizo feliz y a lo que dejé a medias.
Porque con la vida, aprendes,
que si hubieses sido demasiado feliz nunca te habrías marchado,
que si hubieses sido llenado del todo nunca te habrías quedado partido.
Cojo mis esperanzas y apuesto por mí.
Nunca he dejado de quererme, así que soy a la única que no voy a consentir fallarle.
domingo, 3 de junio de 2018
Exclusiva
Llevo varios días aullándole a la noche que voy a consumirme
y me lo confirman esas manchas negras que aparecen cuando amanezco.
Aunque dejen las cuencas vacías; fueron caudalosas anoche.
Arrojo las esperanzas que me quedan por el futuro,
me solidifico en una marginal sección del pasado, flagelándome.
Me flagela descubrir que nunca he dejado de correr para llegar al futuro
a sabiendas de que los días pasados siempre fueron los mejores.
Y pasa arrolladora, por mis esquelas, mi vida.
Me susurran que he perdido la felicidad
mientras intentaba buscar dónde conseguirla
y que mi afán por aspirar a la cima nunca me ha hecho ver que realmente ya estaba en ella.
Me hundo mis intentos de creerme estrella ahora que no estás tú;
en estas noches fúnebres de palpitaciones con cafeína
para desenvolverme en lo que me han impuesto por meta
y no hace más que provocarme derrotas,
no hace más que incitarme a rendirme,
no hace más que repetirme que estoy perdida,
ahora que no estás tú para decirme que deje de buscar estrellas
que me enfoque,que yo nunca he dejado de tener la luz en las yemas.
Siempre fue difícil convencerme.
A mí; que siempre he optado por bailar sola
cuando el llanto marcaba el compás de mi vida
y es por eso que no confío en quien me oferta un vals
a mí; que siempre he andando con la muerte en los tacones
por querer huir de quien llega dispuesto a bombardearme el alma.
Ponerse una coraza siempre ha sido la excusa perfecta de quien quiere creerse fuerte;
y correr siempre ha sido la salida de emergencias de quien cree que en el amor está la muerte.
Por eso hice que te fueras.
Porque has amado la marea aún conociendo la tempestad que arrastran mis perlas
y te has confundido al intentar ver dentro de una agua con sal
sin recordar que esta escuece en los ojos.
Nunca he querido que te anclaras a mis manos.
Nunca debiste descubrir mis gusanos rosados,
ahora necesito un salvavidas cada vez que veo que naufrago.
Por eso te incité a que te fueras.
No debes nadar conmigo.
No te conviene.
Yo siempre he ansiado el océano aún sabiendo que soy río;
aún sabiendo que desembocar en mar implicaba que muriera el río.
y me lo confirman esas manchas negras que aparecen cuando amanezco.
Aunque dejen las cuencas vacías; fueron caudalosas anoche.
Arrojo las esperanzas que me quedan por el futuro,
me solidifico en una marginal sección del pasado, flagelándome.
Me flagela descubrir que nunca he dejado de correr para llegar al futuro
a sabiendas de que los días pasados siempre fueron los mejores.
Y pasa arrolladora, por mis esquelas, mi vida.
Me susurran que he perdido la felicidad
mientras intentaba buscar dónde conseguirla
y que mi afán por aspirar a la cima nunca me ha hecho ver que realmente ya estaba en ella.
Me hundo mis intentos de creerme estrella ahora que no estás tú;
en estas noches fúnebres de palpitaciones con cafeína
para desenvolverme en lo que me han impuesto por meta
y no hace más que provocarme derrotas,
no hace más que incitarme a rendirme,
no hace más que repetirme que estoy perdida,
ahora que no estás tú para decirme que deje de buscar estrellas
que me enfoque,que yo nunca he dejado de tener la luz en las yemas.
Siempre fue difícil convencerme.
A mí; que siempre he optado por bailar sola
cuando el llanto marcaba el compás de mi vida
y es por eso que no confío en quien me oferta un vals
a mí; que siempre he andando con la muerte en los tacones
por querer huir de quien llega dispuesto a bombardearme el alma.
Ponerse una coraza siempre ha sido la excusa perfecta de quien quiere creerse fuerte;
y correr siempre ha sido la salida de emergencias de quien cree que en el amor está la muerte.
Por eso hice que te fueras.
Porque has amado la marea aún conociendo la tempestad que arrastran mis perlas
y te has confundido al intentar ver dentro de una agua con sal
sin recordar que esta escuece en los ojos.
Nunca he querido que te anclaras a mis manos.
Nunca debiste descubrir mis gusanos rosados,
ahora necesito un salvavidas cada vez que veo que naufrago.
Por eso te incité a que te fueras.
No debes nadar conmigo.
No te conviene.
Yo siempre he ansiado el océano aún sabiendo que soy río;
aún sabiendo que desembocar en mar implicaba que muriera el río.
domingo, 27 de mayo de 2018
Volver (IV)
A veces es peor la recaída que la ida.
Y es irónico que lo piense, yo; que siempre había anhelado tu vuelta.
También la misma que siempre ha preferido bailar sola cuando el llanto marcaba el compás.
La que hacía equilibrios en la cuerda floja de su vida
y se tiraba al vacío si se te ocurría aportarme la mano para sujetarme.
Ya sea por miedo a quererte
o por temor a que me quisieras.
La misma que lo hizo mal para no disfrutarlo bien,
para no acabar siendo arena de lo que fue salado tejido.
Para no ser ceniza del mar tenido.
Que solía repetirse que siempre había volado sola
y que aspirar a las estrellas no era creerse una, si no amarse a ella.
Encerrarse en su jaula, que aunque fuera de oro, jaula era,
para repetir que luchar sola es de fuertes
y que necesitar es debilidad,
aunque luego se engañase;
no era lo suficientemente fuerte para decirse que había sido cobarde
ni te necesitaba lo suficientemente poco como para no convertirse en débil.
Pero cómo te sacas el veneno cuando es lo único que sacia tu sed.
Cómo a un espíritu que siempre ha sido libre le enseñas de nuevo
que está rodeada de voces efímeras, apenas siluetas nubladas
que desaparecen cuando grita en silencio lo que le hicieron en el pasado.
Y sobre todo cómo te conciencias de que las cosas se acaban
cuando tú siempre has tenido la magia de hacerlo eterno.
O al menos cuando te sumerges en mi espuma.
Ahí todo brilla,
ahí no te vas ni desparece el miedo,
porque ahí no somos capaces de mentirnos.
Nunca he dejado de intentar conseguir navegar entre los papeles quemados,
sin caer en la cuenta que por mucho que me negase a volver a naufragar contigo
nunca había quitado mi ancla de tu lado.
Y es que por más veces que hemos intentado alzar la vela,
siempre se ha acabado derritiendo.
Y hemos acabado más rotos que llenos,
pero volviendo por nuestro afán de ser los primeros en arder.
Ahí es donde lo torcimos.
En pensar que la vida da vuelve a cruzar caminos,
en pensar que irse es más fácil cuando sabes que vas a volver.
Sin caer en la cuenta que un día vamos a dejar de mirarnos.
Entonces no recordaremos donde fuimos felices y menos el camino de regreso.
No nos importará la magia
ni nos buscaremos cada vez
que estamos ebrios y nos urja el amor.
Es entonces cuando asumiremos de una vez que si sigue saliendo mal
es porque nunca hemos aprendido a irnos.
Te cuento un último secreto.
Seguimos sin haberlo conseguido.
Hasta pronto.
Nos vemos cuando volvamos a olvidar porqué nos fuimos.
Y es irónico que lo piense, yo; que siempre había anhelado tu vuelta.
También la misma que siempre ha preferido bailar sola cuando el llanto marcaba el compás.
La que hacía equilibrios en la cuerda floja de su vida
y se tiraba al vacío si se te ocurría aportarme la mano para sujetarme.
Ya sea por miedo a quererte
o por temor a que me quisieras.
La misma que lo hizo mal para no disfrutarlo bien,
para no acabar siendo arena de lo que fue salado tejido.
Para no ser ceniza del mar tenido.
Que solía repetirse que siempre había volado sola
y que aspirar a las estrellas no era creerse una, si no amarse a ella.
Encerrarse en su jaula, que aunque fuera de oro, jaula era,
para repetir que luchar sola es de fuertes
y que necesitar es debilidad,
aunque luego se engañase;
no era lo suficientemente fuerte para decirse que había sido cobarde
ni te necesitaba lo suficientemente poco como para no convertirse en débil.
Pero cómo te sacas el veneno cuando es lo único que sacia tu sed.
Cómo a un espíritu que siempre ha sido libre le enseñas de nuevo
que está rodeada de voces efímeras, apenas siluetas nubladas
que desaparecen cuando grita en silencio lo que le hicieron en el pasado.
Y sobre todo cómo te conciencias de que las cosas se acaban
cuando tú siempre has tenido la magia de hacerlo eterno.
O al menos cuando te sumerges en mi espuma.
Ahí todo brilla,
ahí no te vas ni desparece el miedo,
porque ahí no somos capaces de mentirnos.
Nunca he dejado de intentar conseguir navegar entre los papeles quemados,
sin caer en la cuenta que por mucho que me negase a volver a naufragar contigo
nunca había quitado mi ancla de tu lado.
Y es que por más veces que hemos intentado alzar la vela,
siempre se ha acabado derritiendo.
Y hemos acabado más rotos que llenos,
pero volviendo por nuestro afán de ser los primeros en arder.
Ahí es donde lo torcimos.
En pensar que la vida da vuelve a cruzar caminos,
en pensar que irse es más fácil cuando sabes que vas a volver.
Sin caer en la cuenta que un día vamos a dejar de mirarnos.
Entonces no recordaremos donde fuimos felices y menos el camino de regreso.
No nos importará la magia
ni nos buscaremos cada vez
que estamos ebrios y nos urja el amor.
Es entonces cuando asumiremos de una vez que si sigue saliendo mal
es porque nunca hemos aprendido a irnos.
Te cuento un último secreto.
Seguimos sin haberlo conseguido.
Hasta pronto.
Nos vemos cuando volvamos a olvidar porqué nos fuimos.
domingo, 20 de mayo de 2018
Lo que nunca pude decirte.
Siempre hemos sido más de guerra
que de paz, pero en mitad de bombardearnos la risa llegaba la tregua.
Siempre hemos sido de pedir deseos sin mirar a las estrellas,
de esquivar los besos cuando los pedimos y de robarlos cuando no podemos ni vernos.
Siempre hemos sido de hacerlo torcido.
De no dejarle nada al destino y mover las fichas en el tablero,
tú de apostar por mí cuando tenías el mundo en contra,
yo de revolverme cuando todo pintaba a babor.
Pero qué iba a hacer,
si nadie sabe qué se hace con el amor
cuando el orgullo pacta con el miedo.
Siempre hemos sido de no aguantarnos la mirada
sin jugar con manos torpes que querían hacer heridas,
a ver quién era más fuerte, a ver quién más quería
y nos ganó el tiempo de la vida.
Siempre hemos sido de querernos cuanto más lejos estábamos,
de vomitarnos odio cuando podíamos abrazarnos
y de callarnos lo que sentíamos por temor a lo que pensáramos.
Siempre hemos sido de tropezar con la piedra aposta,
de arrojarla al camino del futuro inútilmente,
porque nos la hemos acabado encontrado tarde o temprano de nuevo.
Siempre hemos sido de perder el tiempo que ahora nos hace falta.
No he dejado de culparme. Sigo pasando por el sitio de nuestro recreo,
por ese metal que llamábamos paraíso detrás del césped que surcan los balones;
y por el otro al que creíamos Edén y no era más que nuestro trozo de asfalto;
y nos recuerdo tiritando, sanando balas que un día
nos hicieron dejar de creer en lo que ahora habíamos creado.
Pero más me duele oírte decir que solo fue nuestro pero que ya no es,
más me duele mirarte sin el beso de después.
Más me duele saber que ahora lucho sola,
que sigo intentando incendiar un océano con las cenizas de lo que nos queda, esas que me he quedado.
No es justo pedirte nada, pero no me olvides.
Busca otras faldas, les suplico que te quieran,
ahógate en otras piernas, que despierten tu infierno
y apacigüen a ese demonio que surge cuando te das cuenta que no eres tan fuerte.
Quédate con quien descubra que tú solo echas de menos lo que siempre habías odiado.
Porque quiero algún día decirte que yo tampoco lo he hecho.
Porque quiero seguir siendo aunque te hayas ido.
Aunque me haya ido.
Aunque no nos vemos.
Siempre vas hacer que me brillen las pupilas, y no hay versos a esa altura.
Ni a esa magia. Ni a ese miedo.
Sé feliz.
que de paz, pero en mitad de bombardearnos la risa llegaba la tregua.
Siempre hemos sido de pedir deseos sin mirar a las estrellas,
de esquivar los besos cuando los pedimos y de robarlos cuando no podemos ni vernos.
Siempre hemos sido de hacerlo torcido.
De no dejarle nada al destino y mover las fichas en el tablero,
tú de apostar por mí cuando tenías el mundo en contra,
yo de revolverme cuando todo pintaba a babor.
Pero qué iba a hacer,
si nadie sabe qué se hace con el amor
cuando el orgullo pacta con el miedo.
Siempre hemos sido de no aguantarnos la mirada
sin jugar con manos torpes que querían hacer heridas,
a ver quién era más fuerte, a ver quién más quería
y nos ganó el tiempo de la vida.
Siempre hemos sido de querernos cuanto más lejos estábamos,
de vomitarnos odio cuando podíamos abrazarnos
y de callarnos lo que sentíamos por temor a lo que pensáramos.
Siempre hemos sido de tropezar con la piedra aposta,
de arrojarla al camino del futuro inútilmente,
porque nos la hemos acabado encontrado tarde o temprano de nuevo.
Siempre hemos sido de perder el tiempo que ahora nos hace falta.
No he dejado de culparme. Sigo pasando por el sitio de nuestro recreo,
por ese metal que llamábamos paraíso detrás del césped que surcan los balones;
y por el otro al que creíamos Edén y no era más que nuestro trozo de asfalto;
y nos recuerdo tiritando, sanando balas que un día
nos hicieron dejar de creer en lo que ahora habíamos creado.
Pero más me duele oírte decir que solo fue nuestro pero que ya no es,
más me duele mirarte sin el beso de después.
Más me duele saber que ahora lucho sola,
que sigo intentando incendiar un océano con las cenizas de lo que nos queda, esas que me he quedado.
No es justo pedirte nada, pero no me olvides.
Busca otras faldas, les suplico que te quieran,
ahógate en otras piernas, que despierten tu infierno
y apacigüen a ese demonio que surge cuando te das cuenta que no eres tan fuerte.
Quédate con quien descubra que tú solo echas de menos lo que siempre habías odiado.
Porque quiero algún día decirte que yo tampoco lo he hecho.
Porque quiero seguir siendo aunque te hayas ido.
Aunque me haya ido.
Aunque no nos vemos.
Siempre vas hacer que me brillen las pupilas, y no hay versos a esa altura.
Ni a esa magia. Ni a ese miedo.
Sé feliz.
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